El libro de Tikal

Luis Manuel Pérez Boitel

Y dijeron los Progenitores, los Creadores y Formadores,
que se llaman Tepeu y Gucumatz:
"Ha llegado el tiempo del amanecer, de que se termine la obra
y que aparezcan los que nos han de sustentar,
y nutrir, los hijos esclarecidos, los vasallos civilizados;
que aparezca el hombre, la humanidad,
sobre la superficie de la tierra." Así dijeron

Popol vuh

 

I arsenales de luz

todos nos fuimos encontrando
para el viaje, con la alegría del viaje, como en una ceremonia.
Yunior, Ariel, Yamira, toda la trova, toda,
sin descubrir la hora exacta
que se nos avecinó en Guatemala.

imaginar por ejemplo, ahora que es el encuentro,
a Martí con sus cartas de amor
por la patria, en busca de esos arsenales
de luz que la patria requería,
nos fue suficiente para llegarnos
al busto de la ciudad, el más cercano busto
de la ciudad y dejar allí como honra
por los ciento treinta  años de aquel hombrecito,
unas cuantas flores en irrenunciable acto de fe por el maestro
que desde antes estaba con nosotros.

mientras, afuera, la ciudad seguía
su citadino curso, vendimiador curso,
ya no bastaba la hora,
el fingimiento de la hora,  que en otro cielo
no fuera el abrazo, el encuentro con los galenos de la isla.

Sicilia añoró el camión verde (su camión de la vida?)
por donde entró Ronel, Patricio, y los demás.

mientras me quedé con un  extraño aire de saudades,
de tierra diferente,
mirando las flores dispuestas,  el entrecortado aire,
casi ya al anochecer. casi ya,
como si apostáramos todos por el apóstol,
aquel hombrecito infatigable
que hablaba de nuestra tierra, de lo previsible,
de algo que él ya conocía de memoria,
como una foto en blanco y negro
del comienzo. como una foto dispuesta
al ocre de los años.

ii/ foto de ciudad
El que ha quedado afuera que se pudra
Carlos Galindo Lena

inigualable es la ciudad / la bienvenida / el horizonte
de bosques y grava que Guatemala ofrece  cortado por las curvas
de la mano de un Dios/

divertimento raro / manualidades que nunca
había visto esta de los hombres
que dicen no haber escuchado antes un poema / que dicen
no tener héroes en esta gran tierra que se dispone
entre nosotros /  que bien pudiera dibujar
en un memorable libro / dedicado a Hunahpú /
cazador con cerbatana / ya dentro del poema /
ya dentro /

el amanuense nos contempla
para oficiar el inicio / el ritual /  dicen que hay una extraña
violencia en sus amaneceres y que las puertas
de las casas cierren a la seis de la tarde /
todo como si la ciudad se detuviera hasta el próximo día /
como si la ciudad apagara sus luces
para dejar que un sempiterno aire sea la noche / a contraluz
de la noche / un acto común para el que no
había escuchado en su vida un poema /
para el hombre que olvidó el espíritu de Hunahpú /
sus días interminables

divertimento raro / dije a las seis en punto / hora
cero esta para el vino / el festín de la trastienda /
y así lo escribo en El libro de Tikal, como  un disparo
en la frente del que ha quedado afuera, simplemente
ha quedado del otro lado de la puerta /
y nada puede comprender en la alta noche.


iii / el hospitalito de San Cristóbal

Al Dr. Salvador Carrillo Soriano

después de tantos kilómetros ante nosotros,
el abrupto paisaje de siempre, todos nos quedamos
consternado al no oficiar la función
en aquel hospitalito de San Cristóbal. después
de las palabras de inicio nos sorprendió
que la gente que se operaba allí de la vista, no había visto
nunca. se abrazan a sus hijos y temblaban
de júbilo por el milagro.  ponerme en ese lugar e imaginar
que uno llora, que uno va a llorar de un momento a otro,
te hace más  hombre aunque solo quede ante ti
el rostro del familiar, y  lo demás sea
una especie de pasado.

esa historia me devuelve la fe
por los que están desde antes,
mientras  Salvador nos muestra el hospitalito.
todo en su lugar, distribuyendo los pocos recursos,
uno por uno, y la inequívoca verdad
del que hace el turno y nos despide en las afuera
del hospitalito José Joaquín Palma, hombre este
Ilustre, allá por Verapaz, y uno se quede con ciertas
deudas por aquella gente que trabaja día y noche.
aún cuando ya nada pudimos hacer, ni poemas,
ni canciones, simplemente subir silenciosamente al ómnibus
y agradecer y agradecer


iv / sangre de caballo. plato fuerte

unas fotos fueron suficientes
para descubrir al caballo en tierra,
la bermeja tierra del caballo,
con un puñal en el cuello como recompensa.

dispuesto como extraños comensales
frente a la mesa de todos, hicimos lo nuestro.
en Sayaxché nos cautivó la tarde
y el exquisito plato fuerte nos desgarraba
el espíritu para los que vivieron como yo
el aire del caballo, su fija sonrisa
como U Qux Cah, el mismísimo espíritu
de la laguna que dejamos atrás.

recordaba yo al animalejo como si hubiera
sido mío y lo dejara libre de una vez
en esos volcánicos parajes que a los ojos
nublan, una especie de dádiva milenaria
por el encuentro.

sangre de caballo. plato fuerte para todos
y otra vez frente a la carretera,
frente al país. 


x / una casita a orillas de La Pasión

cruzamos el río  La Pasión como la única Odisea
por nosotros mismos, un acto inequívoco
de libertad, un juego que asumimos
por dos quetzales simplemente.

mientras desde la orilla los lumínicos
nos oficiaban el  mapa del país,  las rutas del sur,
de los cafetales y las haciendas.  nadie
nos indicó la casita de pobres a orillas del río.
allí, todo se podía compartir, los pies descalzos
de los niños, los perritos que jugaban
entre viejos muñecos y la inocencia,
nos conminó a la espera. 

tomé algunas fotos del lugar y me quedé todo el viaje
preocupado por esa gente que nada conocían
de la Panasonic perpetuada en un cartel
para el viajero.

parecía que Guatemala obvia ese instante,
y ya nada justifica las canoas que llegan una y otra vez
desde el otro extremo del río, desde el otro extremo
del mundo. quizás, todo el país
podría ser esa casita desprovista,
minimizada por la Panasonic;  una escena cruel
que nos cautivó a todos.


vi / tikal

A Ronel González,
viajero como yo

Ronel, querido amigo, no fuimos a Tikal, quizás por la distancia (rara violencia esta?) pero anoche imaginé la ciudad perdida y sentí la misma nostalgia. uno debe suponer lo sagrado como si lo conociera de antaño. es verdad, Ronel, que en esos templos uno logra refugiarse, hacer su nave de papel  y pensar que uno queda junto a esos templos milenarios.  cada muro tiene una historia de luz y de penumbra. cada minuto a unas pocas millas de la ciudad me hace retroceder el tiempo y recuerdo lo pobre que fuimos, como en ese poema tuyo donde encuentro el pretexto, raras trampas del hombre que dice llegar a un límite y cruzar el límite.  Ronel, querido amigo, no fuimos a Tikal, pero la cosa marcha.


vii /  Livingston

pasamos de largo y no llegamos al puerto,
por aquí Martí entró hace ciento treinta años
y uno queda pendiente por el viaje ( un nuevo viaje?)
e imagina que el hombrecito anda
con el mapa del país, cauteloso, 
y no quiere él amar pero ama.

esta tierra tiene el encanto de todos los hombres,
el fuego de todos los guerreros que antaño
la poblaban.  Livingston  quizás tenga un faro
y un mar abierto a los viajeros.

pero pasamos de largo por Livingston
con la guitarra en la mano
y los versos como único equipaje.  imaginaba yo la ciudad
de Tikal, este libro sagrado ya, que fuera escrito
para colocarse en cada puerta.

después el hombrecito con sus cartas de amor
por la patria dirá la última palabra.


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